Voluntades de la M

Por Jhonny Zeta

Como muchas mujeres, nació en el seno de una familia campesina, en la vereda Pabón, municipio de Urrao, Antioquia; lugar donde se asentaron las guerrillas liberales del Capitán Franco (Juan de Jesús Franco Yepes) a mediados del siglo XX y, años después, las de otras insurgencias.

La de Mujer

Recibió un nombre de flor y como muchas abrió los ojos al mundo para recibir la luz y repartirla sin esquilmar raciones; quizás su primera victoria fue enfrentar la voluntad de su padre, convencido como muchos de que “a las mujeres no se les debía dar estudio”. Cuando la infancia le anunciaba de manera temprana los quebrantos de salud que siempre la acompañaron, se empecinó en estudiar por encima de las necesidades económicas de una familia que se aproximaba a la decena de hijos. Se trasladó a la vieja casa que tenía su viejo en el casco urbano y supo sortear, con voluntad acérrima, los miedos, las enfermedades, los chismes y amenazas de sus padres; con el sueño de ser bachiller se sobrepuso a todo. La navidad congregaba a la familia, su padre aparecía con cortes de telas y regalos; el entusiasmo de ella se desmoronaba al escucharle decir: escoja la tela, el regalo o el estudio.

La de Mamá

Cumplido el primer sueño se topó con el amor, supo escoger o la suerte la llevó a hacer camino largo con un joven profesor de escuela. Las diferencias ideológicas y religiosas entre ambos tomaron otro rumbo después de aquel “sí, acepto”. Madre de J y de la pequeña C, hijos del amor y la voluntad, se entregó a la formación integral de los chicos, quienes aprendieron a hacer las primeras vocales con la masa de las arepas; cualquier mañana se desayunaban con una “a” o una “u” pasadas por la parrilla del fogón. Exigió y destinó exclusivamente el subsidio familiar para todo lo que tuviera que ver con la educación de sus hijos. Una tarde de 1985 dejaría varada la máquina de coser, el bordado o la comida a medio terminar, para caminar con valentía las siete cuadras de distancia desde la casa hasta el parque principal, más largas ese día que otros, para recoger a sus pequeños en la guardería y regresar con ellos en medio de una toma guerrillera conjunta entre el EPL y el M19.

La de Maestra

Decidieron probar suerte en Medellín, buscando el sueño de un lugar propio. Convirtió la herencia que le dejó su padre al morir en un lote con dos habitaciones, ubicado en un barrio que apenas veía iniciar las obras de alcantarillado e iluminación; dicen que el nombre surgió cuando los primeros pobladores decían que donde vivían quedaba tan lejos como ir a París. Llegaron a fin de año y ella logró una rápida empatía con los nuevos vecinos, organizó la navidad con las muchachas de la cuadra, sin descuidar la fritadora que compró para sacar humeantes empanadas, buñuelos y hojuelas, mientras a su cónyuge le gestionaban un traslado.

Visionaria de las necesidades colectivas, emprendió el proyecto de instalar un preescolar en la casa, lo inició con 35 niños y niñas que hacían las planas sobre bancas y mesas construidas por su esposo, conocido como Don Carlos o el profe. El patio de tierra, con algunas llantas viejas, era el sitio de recreo y también la sala de juegos de J y C. La demanda de cupos los llevó a convertir el patio en un salón grande, los estudiantes eran recibidos para el grado primero en cualquier escuela, porque la mayoría sabía leer, escribir y compartir con los demás. Poco a poco, la familia se fue acostumbrando a recibir mucha gente en la casa, programaban reuniones, capacitaciones y clases de guitarra, teatro y danzas. Para ella siempre había algo por hacer, por construir o por mejorar.

La de Madre comunitaria y alfabetizadora

El trabajo comunitario involucraba a los cuatro integrantes de la familia. Cada fin de semana salían muy temprano a jugar baloncesto con los vecinos, regresaban para barrer la calle, preparaban el almuerzo y después subían a la escuelita de La Pradera, donde ejercían como profes alfabetizadores en el programa de educación de adultos.

Los años la llevaron a entender que esa escuela que se forjó ella misma en la infancia, en la soledad de su voluntad, ahora podía y debía ser la escuela con todas y todos. El mundo era la escuela, la escuela era el universo inmediato: la casa, el patio de recreo, la familia, el convite, las caminatas y el paseo de olla, las noches de serenatas y declamaciones con chocolate y galletas…

Hace poco más de veinte años nos dejó… encargados de seguir alimentando la solidaridad.

Con M de Margarita

Entre tantos vicios que acogen y delatan a la humanidad, el que le correspondió fue el vicio de ser luz.

A la memoria de Margarita Montoya Montoya, a su vida y obra que siempre llega al “sí, me quiere”.

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