Las casualidades de la vida

Caricatura:Mico

Por Julián Montoya

Antes de que iniciara la cuarentena, me fui de viaje con dos amigos: David y César, por el departamento del Cauca. Nos quedamos de encontrar en la terminal de transportes a las ocho de la noche donde íbamos a tomar un bus hasta Popayán, un viaje de aproximadamente 13 horas, así que era mejor pasar gran parte del viaje durmiendo y ahorrarnos una noche de hospedaje. No llevábamos mucho equipaje personal, cada uno con una mochila que pudiera cargar fácilmente, el asunto es que sí teníamos demasiados artículos para creación audiovisual. En una maleta más pequeña llevaba mi cámara profesional con otros elementos de apoyo y, para acabar de ajustar, mis amigos también tenían sus cámaras.

Llegamos temprano a abordar el bus y, como no estábamos muy encartados, decidimos llevar todo el equipaje con nosotros en las sillas. Nos hicimos en la parte posterior y nos ubicamos de esta manera: César en el asiento del lado con otra persona desconocida, mientras que David y yo nos fuimos juntos, él sentado al lado de la ventanilla. El bus arrancó, y cuando llevábamos unas horas de viaje (íbamos entre Palmira y Popayán), sin previo aviso, se escuchó un estruendo horrible que nos despertó a todos.

Se encendieron las luces del pasillo e inmediatamente se subió un joven moreno gritando. En medio de mi somnolencia pensé “eh, ¿quién se sube a esta hora a vender pendejadas?”. Entonces el muchacho sacó de la cintura una pistola y dio un disparo al suelo gritando en un acento caleño: “¡entreguen los celulares!”. En ese momento sí me desperté completamente y entendí que estábamos siendo atracados.

Sin pensarlo mucho me paré, agarré el bolso donde estaban todas las cámaras y la lancé dentro del al baño del bus, luego me volví a sentar en mi puesto. Ya sentado me puse a pensar con un poco más de “calma” que el disparo inicial parecía falso, aparte de eso no había ningún agujero en el suelo, asunto que era bastante sospechoso. Justo me iba a parar, cuando se subió el compañero del atracador con un revólver plateado largo. Esa otra arma sí tenía pinta de ser real, así que me quedé quieto en el asiento.

Ahora tenía un nuevo problema: ¡ya no tenía nada que entregarle al ladrón!, claro, lo había tirado todo al baño, así que lo único que pensaba en ese momento era “¿Qué le voy a entregar a este tipo?” porque donde lo mandara con las manos vacías era capaz de pegarme un tiro. Nuestro atracador se acercaba más y más empacando en una bolsa todo lo que se encontraba a su paso, cuando se me vino una idea a la mente. En el bolso que tenía debajo de mis pies había guardado una cartuchera con los elementos de aseo personal y podía hacerlo pasar por una billetera, salvándome del problema.

Llegó el ladrón a quitarnos las pertenencias. Tranquilamente agarré las cosas de aseo personal, se las entregué y me quedé mirándolo a los ojos, a lo cual me respondió “¿Dónde está el celular?”. Le respondí sin mostrar el susto: “lo puse ahí adentro de la billetera”. En ese momento vi a César que estaba a mi derecha, al otro lado del pasillo, entregando una plata en efectivo y a David pasándole el celular.

Por el pasillo alcancé a ver que adelante del bus parqueaba una camioneta, de la cual salió un tipo con una escopeta; los atracadores salieron corriendo. En ese momento perdí toda esperanza. Pero no, resulta que los señores de la camioneta eran los encargados de seguridad de las plantaciones de azúcar, esos vigilantes llegaron a rescatarnos de los piratas. Nos bajamos entonces del bus y vimos que el estruendo inicial había sido un disparo que le hicieron a la llanta delantera del lado del conductor, cosa que la dejó destrozada, por eso el conductor tuvo que parar en la mitad de la carretera. No pasaron ni cinco minutos cuando, ahí sí, llegó una camioneta de la Policía, “justo a tiempo”.

Estábamos bastante cerca al peaje que queda por Puerto Tejada y las instrucciones de los oficiales fueron que nos iban a escoltar hasta este punto para que llegara otro bus por nosotros, ya que este por los daños que tenía no podía continuar el camino. Así fue, llegamos al peaje, nos tomamos un fresquito, cuando uno de los pasajeros empezó a gritar “¡ya se dónde están! ¡aquí tengo la ubicación!”. Tenía un iPhone y por la aplicación de este celular podía ver la ubicación en tiempo real de nuestros queridos atracadores. Inmediatamente la policía agarró otro celular donde estaban viendo el mapa y arrancó a toda prisa a ver si los podía encontrar. Todos los del bus nos quedamos a la expectativa de poder recuperar las pertenencias.

No pasaron ni veinte minutos cuando volvió la patrulla de la policía con el celular del muchacho, nada más. Según ellos, “estaba ahí tirado en la manga solo, sin otras cosas”; el dueño quedó bastante contento con el hallazgo, pero al resto sí nos pareció mucha casualidad. Para acabar de ajustar uno de los agentes empezó a hacer una lista con los montos robados, cosa que también me pareció bastante sospechosa. Pero bueno, cuando llegó a mí a preguntarme por lo que me quitaron, inmediatamente le respondí de forma muy seria: “yo llevaba dos millones de pesos”. El policía, bastante sorprendido, me dijo: “¿usted está seguro?”; y yo, muy orondo, afirmé con la cabeza. Por lo menos que no les dieran las cuentas cuando cuadraran con los atracadores.

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