Se hace visible un nuevo precariado: Los médicos, de ciudadanos de excepción a ciudadanos de segunda

Un profesional de la salud con un traje improvisado con bolsas de basura. Foto: Twitter.

Por Carlos Alberto Giraldo

Ya se sabía, pero el coronavirus borró todo asomo de dudas: la transformación de los sistemas de salud en el mundo hizo que los médicos pasaran de ejercer una profesión meritoria a ser dispensadores de una mercancía; y de ser referente social de admiración a ciudadanos de segunda.

Al dar una mirada por lo que develó el covid-19 podemos poner el lente en el planteo del Sindicato de Médicos de Madrid al referirse a las corporaciones dueñas de las empresas de salud en España: “Se trata de un sector inmune a las punzadas de las crisis: tiene asegurada la clientela, los enfermos; vive de la financiación autonómica, se beneficia de las listas de espera en una sanidad pública desmantelada, y está en constante revalorización gracias a su componente especulativo y a los recortes de material y de las condiciones laborales”. Esta declaración se hace en medio de la crisis, pero alude a un fenómeno que la trasciende y que sobrepasa las fronteras de Madrid y de España.

La Federación Regional de Médicos Cirujanos y Odontólogos de Italia señala la falta de elementos de protección adecuada que condujo “a la muerte de numerosos colegas, a que un gran número contrajeran el virus, se enfermaran y de paso se convirtieran en un factor de propagación involuntaria del virus”. Así aparecen los héroes y los aplausos.

La BBC Mundo del 23 de abril pone en evidencia un fenómeno que resulta nuevo y que pone de presente la profundización del desencuentro de los médicos y la medicina con la sociedad. La Doctora Roghieh Dehghan, por ejemplo, nació en Irán, estudió en Austria y ha vivido y trabajado en Londres durante las últimas dos décadas como médica e investigadora. Experimentó prejuicios en su contra, según los cuales su condición de extranjera la hiciera propagadora del virus y por tanto debería dejar el país. El tal héroe es discriminado, maltratado y vejado.

El primero de mayo el País de España publicó la noticia de una campaña en la que se utiliza la desnudez como metáfora de la desprotección. Aparece una foto de médicos alemanes desnudos con el fonendoscopio y el tensiómetro como únicas prendas. Aunque la campaña se desarrolló en Alemania, la inspiración llegó de un médico francés, Alain Colombié, que publicó una foto suya desnudo y con un brazalete en el que se podía leer “carne de cañón”.

La BBC Mundo registró el 27 de abril cómo la pandemia ha hecho que personal sanitario de todo el mundo se esté viendo obligado a trabajar sin contar con los medios necesarios, exponiéndose a contraer el virus y a contagiar a sus familias. Subraya cómo es una problemática que, en regiones menos desarrolladas, como América Latina, se suma a las muchas otras que sus sistemas de salud arrastran desde hace años.

Para muestra, el 14 de abril, en momentos en los que no dejaban de llegar pacientes con dificultades para respirar por la covid-19, quedarse sin oxígeno para ayudarlos llevó a decir “basta” al personal del Hospital Referencial de Ferreñafe, una ciudad de 34.000 habitantes en el norte de Perú: dejaron de atender consultas. Es del caso señalar, aunque parece obvio, que, tratándose del médico, hay una estrecha relación entre el hacer y el ser. Si no tiene las condiciones para el hacer, se disuelve su ser

En la misma dirección viene a colación el caso de Leticia, ciudad colombiana de frontera, donde 30 médicos anunciaron una “renuncia masiva a la prestación de servicios de salud” que no fueran “urgencias vitales no covid-19”.

No podemos detener el covid-19 sin proteger primero a los trabajadores sanitarios, reza un predicamento de la OMS. ¿De cuál protección se habla?: de la protección de la fachada. Hay que proteger la cara, la piel, las mucosas, literalmente la fachada. ¿Qué hay de la protección de quien está detrás? La respuesta en Colombia, y posiblemente en muchos otros países, es que detrás de la fachada hay un sujeto endeudado, que esquiva la vista del vendedor de abarrotes, que se pregunta permanentemente si le darán el próximo contrato, que no puede hacer promesas porque su vida laboral y, ahora, la vida, es incierta.

La transformación que sufrió el mundo que trajo aparejada la reforma de los sistemas de salud, ha hecho gobernar la lógica del “mercado gobierne”, también sobre la disponibilidad de los elementos de protección: hay una intensificación de la demanda que los más optimistas ubican entre el 40% y el 50%; de ello se derivan comportamientos de especulación y acaparamiento tanto a nivel nacional como internacional que contiene tres condicionamientos: el pago de contado, el mejor postor y el plazo de entrega; entre más menguado el hospital, menor posibilidad tiene de responder a estos condicionamientos y menor capacidad de presión para obtener los favores del nivel central.

El hecho es que en la investigación realizada, sobre la marcha, por las agremiaciones médicas entre el 21 de marzo y el 3 de abril, se estableció que, según la opinión de los médicos, las instituciones de salud están en muy malas condiciones para atender la pandemia, lo que también refleja un estado de ánimo colectivo de miedo. Además de que los elementos de seguridad no les están llegando: el 93% dijo no recibir traje de seguridad, el 88% carece de mascarillas N95 y el 78% de gafas de seguridad. El clamor, hasta el cansancio, de las organizaciones de los médicos ha sido incapaz de conmover al establecimiento, léase IPS, ARL, direcciones de salud e instancias nacionales para proveer lo necesario para la atención segura de la pandemia. Hay honrosas excepciones. Según el Instituto Nacional de Salud de Colombia, al 16 de mayo se han confirmado 760 casos de covid-19 en trabajadores de la salud. De estos han fallecido 10, de los cuales 5 son médicos. Así mismo, en el total de casos los médicos ocupan el segundo lugar con 165 casos, antecedidos por las auxiliares de enfermería que son 252.

El otro efecto de la crisis del sistema de salud que puso en evidencia la pandemia es el tipo de relación laboral que se fraguó para los médicos. Dejó de ser sujeto de contrato. El ser un ciudadano habilita a la persona para contratar. Al médico se le sustrajo de esa condición. La sociedad generó la intermediación laboral con el fin de integrar a la comunidad y con propósitos de rehabilitación a aquellas personas a las que la sociedad miraba con desconfianza y no contrataba: fueron en sus comienzos los ex convictos y las prostitutas. Los médicos terminaron siendo contratados a través de terceros, ya no con fines de rehabilitación, sino de obviar la relación laboral derivada de un contrato. Lo peor es que hubo colegas y organizaciones de colegas que se lucraron de esos contratos haciendo de terceros, ya que la IPS condicionaba su vinculación a la tercerización, y lo hicieron a través de sindicatos enmascarados. Lo único que ha conseguido la resistencia es que en algunos casos se haga la contratación directa, pero en contratos de prestación de servicios, generalmente de corta duración, en promedio de tres meses.

Así pues, esta crisis ha evidenciado que la contratación del personal de salud, entre ellos los médicos, se hace mediante contratos a término definido, contratos de prestación de servicios o mediante contratos sindicales agenciados por sindicatos enmascarados. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Es una condición deplorable y un síntoma de involución social. Si lo dividiéramos entre trabajo formalizado y trabajo informal, que incluye los contratos de prestación de servicios o la contratación tercerizada través de sindicatos enmascarados, los datos que dan las organizaciones de médicos es que los primeros corresponden al 20% y los segundos al 80%.

Los contratos de prestación de servicios suelen ser de tres meses, lo que hace que los médicos no puedan tener una perspectiva de futuro para su vida, solo vivir al día. Eso los hace doblegar de tal manera que su comportamiento, sus conductas, incluso su inconformidad por la inoportunidad del pago está condicionada a la renovación del próximo contrato. El cómo se llegó a esto tiene una respuesta larga. Pero para la ocasión es dable plantear una ecuación: en este sistema de salud los costos fijos son estables o ascienden, luego los costos del personal asistencial se convierten en costos variables y a la baja, que se utilizan para cuadrar los estados de pérdidas y ganancias en una lógica de cadena de la infelicidad en la que el más débil lleva la peor parte, que empieza en la IPS, sigue en el médico y termina en el paciente.

Durante la pandemia los profesionales de la salud han sido víctimas de discriminación e intimidaciones, además han protestado reclamando mejores medidas de protección y condiciones laborales acordes al riesgo que conlleva su profesión. 

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