Las clases virtuales, otra pandemia más

Ilustración tomado de vivebienamigo.blogspot.com/

Por Luz Celina Alcaraz

Descubrir el mundo universitario es como sentir las mariposas del enamoramiento: invade los sentidos, anonada. Mi sobrina, al ingresar al claustro del conocimiento sintió felicidad y sus neuronas se abrieron para dar paso a los saberes y a esas vivencias estudiantiles que tanto había escuchado de sus hermanos y amigos. Sería, según su deseo, su nueva realidad y su guion cotidiano.

Inició su carrera de astrofísica entusiasmada. Las bienvenidas que recibió de sus profesores la emocionaban y se sentía proyectada, empoderada y orgullosa de pertenecer al “Alma Mater de la Raza”. Recuerda, como si fuera algo lejano, sus clases con el maestro al frente, sus compañeros alrededor, el ambiente de luz donde se maravillaba con las explicaciones, los talleres y hasta con los chistes flojos de sus compañeros. Fue un corto tiempo, pero demasiado vívido.

Ahora que mira apesadumbrada su computador añora las preguntas interesantes, extrovertidas, a veces locas que todos hacían como queriendo saber todo de un manotazo; no le sale de la mente el calor humano, ese intercambio de proximidad, de palabras frescas, de ideas, de diferencias, y las expectativas que la unían en ese nuevo trasegar académico.

Disfrutaba como un radiante amanecer el cambio de aula, el recorrido por los senderos de la universidad, su paisaje embellecido por tantos monos saltarines en los árboles; los ruidos, las caras con sus multifacéticas expresiones, y ese multicolor distintivo con que se identifican los lockers de cada facultad, en donde a diario uno guarda un poco de sí. Todo ese andar la significaba y la henchía de alegría tal como había soñado. Sentía que era parte de un nuevo ecosistema.

El alma no se toca

Empezó a disfrutar como primípara del campus universitario, lo vivenciaba como su espacio de libertad, de alborozo, de humanismo que se derrama en todas las actividades que se viven dentro de él: la academia, pero también la realidad. Érase el paro nacional y apenas despabilándose se encontraba allí el día de la protesta; todo se oscureció cuando vio entrar con permiso oficial los robots con pecheras de muerte y sus terroríficas botas amenazantes. Era el ESMAD. Sintió la rabia, la adrenalina se disparó ante esa invasión del hábitat que empezaba a degustar y no estaba dispuesta a abandonar. Con un grupo de compañeros los enfrentaron gritándoles numerosas consignas como si fueran sus mejores armas y lograron hacer un video de su funesta entrada. “Nos gasearon, nos aturdieron con sus bombas”, y las armas no letales que matan tocaron el concierto del desalojo.

“Corrí mucho. En la estampida vi a algunos estudiantes heridos, maltratados, algunos fueron retenidos. Me dolía el alma al sentirme indefensa ante esos buitres”. Saliendo de la U, la ira incontenible dio paso a lágrimas de impotencia que, como huérfanas, rodaron solas por sus mejillas. “Sentí dentro de mí asco y desprecio por esos monstruos que nos miraban con ojos morbosos, se burlaban y reían satisfechos al ver la huida de todos nosotros”.

Le quedó claro que el derecho a la protesta duerme en la Constitución. La fortaleció enormemente la convicción y coherencia de la profesora de la U de A., Sara Fernández, que sufrió un atentado contra su vida por expresar su oposición a la entrada de los militares a la universidad. Su mensaje quedó esculpido en la conciencia universitaria: “El alma no se toca”.

Un terremoto de virtualidad

Fue sacada del pelo de ese hábitat estudiantil de tropel y estudio, con una fuerza descomunal. Ya no era la policía sino un enemigo microscópico que llenó de pánico al mundo entero: el covid-19. Decretos, apuros, horarios imprecisos, no más reuniones, ni risotadas, ni hijueputazos al ESMAD. Cuando despertó, se vio sentada frente a un computador sin micrófono ni cámara y, peor, con una banda ancha de internet demasiando angosta y de pésima calidad. Estaba en su casa, en su pueblo, en un cuartito pequeño.

Ya no miraba los astros con un telescopio sino la lejanía de la experimentación, el contacto humano, el intercambio directo de saberes. Ahora tenía al frente una pantalla fría que no era su amiga; el dolor insoportable en la nalga de tantas horas que pasa sentada tampoco la ayuda para tantos temas que por veces no entiende. “Me la paso escribiendo talleres, trabajos sin satisfacción, sin seguridad, sin fuerza, o sea, no siento lo que sentía cuando estaba allí en la U, con todos”.

“Me llegan historias, a toda hora, de compañeros que no tienen equipo para trabajar, o que sus padres y hermanos esperan por el computador para el teletrabajo”. Otros, no pocos, se hallan en medio de afectaciones familiares, pues este confinamiento en casas llenas de afugias no es buena terapia para nadie.

Con ojos perdidos me afirmó: “Las prácticas en los laboratorios y los trabajos de campo desaparecieron, ¡cuánto extraño la biblioteca! Los estudiantes de veterinaria ya no ven los animales en las granjas experimentales sino en los videos. Nosotros requeríamos del espacio soleado para hacer observaciones del heliocentrismo, pero en este encierro sólo veo estrellas”.

Sus profesores también fueron arrancados de tajo de su trabajo presencial y empujados a sus hogares, cual nueva prisión, a programar a las volandas las famosas clases virtuales sin la capacitación necesaria y sin la infraestructura virtual indispensable. Encerrados, con pocas ayudas didácticas y con escasos recursos personales, tratan de compartir con sus estudiantes los saberes. Ha vivido con ellos sus olvidos para responder las preguntas básicas en el chat y para estar conectados a la hora acordada.

“Recuerdo a uno de ellos que se disculpaba por faltar, pues me aseguró que tenía el equipo dañado y debido a la cuarentena no había encontrado técnico que lo reparara. A todos se nos junta el quehacer de la casa con las clases”, se lamenta. Los maestros también son víctimas de la improvisación virtual que, como un barco en medio de una tormenta, pilotean mal, pues los obligaron a coger el timón con los ojos vendados.

Cuando se sumerge en las clases virtuales de sus 5 materias, ve que la calidad cayó en un agujero negro y que, a este paso, y si esto se extiende, todos serán estudiantes mediocres y profesionales peores. La virtualidad es un paso atrás, un cumplir, un quedar bien – ¿con quién? – impuesto por este gobierno que no conoce el país, la pobreza de los estudiantes, los entornos educativos rurales donde no llega señal alguna y las falencias tecnológicas de las instituciones educativas.

Pretender que esa virtualidad sea la panacea que salve la educación en tiempos de la pandemia covid-19 es una pandemia más.

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