“Pupileto” o la difícil experiencia de ser joven en Colombia

Por José Abelardo Díaz Jaramillo

Ilustración: Seis dedos ilustraciones


El pasado 10 de junio se realizaron las exequias de Daniel Osorno Márquez en el cementerio municipal de Calancala, en Barranquilla. Aunque el nombre dice poco o nada a muchos, distinto ocurre con el apodo con que era identificado Osorno Márquez: “Pupileto”. En efecto, Daniel Osorno o “Pupileto” había adquirido notoriedad mediática a raíz de la cadena de delitos (principalmente de robos) que cometió desde el año 2017, pero, sobre todo, por la manera en que consumaba sus actos ilícitos.
Valga precisar que no nos estamos refiriendo a una persona madura, sino a un joven de origen humilde que desde pequeño encarnó las tragedias propias de quienes nacen, crecen y mueren en contextos de pobreza y exclusión social. Pupileto nació en un hogar de escasos recursos en Soledad (municipio conurbado con Barranquilla, con altos niveles de pobreza), y cuyos padres, que tienen antecedentes judiciales por tráfico de estupefacientes, desatendieron su responsabilidad de acompañarlo en su crecimiento, tarea que recayó en una de sus abuelas.
Abusado sexualmente a los ocho años por alguien cercano al círculo familiar, Pupileto entendió que la falta de afecto familiar difícilmente podía remediarse. Distinto pensó con respecto a las carencias materiales. Muy pronto comprendió que la puerta del hampa se abría ante él, y no dudó en cruzarla. Como lo señaló en una indagatoria judicial, inició su carrera delictiva a los 14 años robando juguetes en tiendas locales para luego revenderlos a personas de su entorno social. Quería tener “lo que otros niños tenían”, afirmó.
Con el paso del tiempo la ambición por cosas de más valor -proporcional a su deseo de ser reconocido socialmente- lo convirtieron en un audaz ladrón. Esta vez sus blancos fueron casas y apartamentos, preferiblemente ubicados en barrios de clase alta. Finiquitados los robos, Pupileto vendía lo conseguido para, enseguida, comprar artículos de marca (ropa, zapatillas, relojes) a los que no podía acceder por carecer de posibilidades económicas. Luego, vistiendo las prendas, las presumía a través de redes como Facebook. No por ladrón, sino por esa obsesiva fijación por exhibirse en redes sociales con lujosos accesorios y prendas de vestir (como él mismo lo confesó, alcanzó a tener 47 relojes finos y 53 pares de zapatillas) o departiendo en afamadas discotecas, fue que se hizo conocido.
Desde luego, en diversas ocasiones Pupileto fue sorprendido por las autoridades robando. De hecho, al momento de morir, registraba no pocas estadías en cárceles y comisarías de la capital del Atlántico. Precisamente en febrero pasado las autoridades lo detuvieron cuando robaba en una casa del barrio Paraíso. Un juzgado de Barranquilla lo condenó a tres años y 10 meses de prisión (48 meses) por delito de hurto calificado y agravado, decisión en la que pesaron los antecedentes del joven, quien ya era considerado por las autoridades como uno de los ladrones más peligrosos en la capital del Atlántico. Aunque este señalamiento más bien recrea un “pánico moral” que relieva y condena ciertos hechos delictivos, mientras oculta o minimiza otros de mayor impacto social que ocurren en la tierra de los Char.
En varias ocasiones Pupileto burló la justicia estando bajo libertad condicional o detención domiciliaria. Incluso, en su condición de preso, se fugó en varias oportunidades, la última de ellas –el 21 de mayo– de la cárcel Modelo de Barranquilla. En su último paso por la cárcel (El Bosque), Pupileto fue objeto de abusos sexuales cometidos por otros internos, hecho que, en versión del abogado que le prestaba asesoría, pudo motivarlo al suicidio. Sin embargo, otra versión señala el homicidio como causa de la muerte del joven, ya que, según declaraciones de familiares, el rostro mostraba fuertes contusiones y varios dientes habían sido extraídos con violencia.
El caso de Pupileto desnuda las miserias de un modelo de vida impuesto a las personas desde edades tempranas, cuyo fundamento se ata a premisas como el “éxito”, la acumulación de riqueza y la posesión de un “nombre” que otorgue reconocimiento social. Un modelo de vida que conduce a una valoración desmedida del consumo como forma de distinción (dime qué consumes y te diré quién eres), el cual desata tensiones (estrés, ansiedad, frustración) y abre espacio a relaciones violentas (robos, secuestros) concebidos como mecanismos expeditos para tramitar las desigualdades que el propio sistema económico genera y fortalece de manera continua.
Como bien lo señaló Eduardo Galeano, el modelo de vida capitalista “habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor”. Quienes no tienen la posibilidad de convertirse en compradores o consumidores por falta de empleo y ni siquiera pueden acceder a la condición de sujeto endeudado por la vía de las tarjetas de crédito, suelen acudir a medios ilícitos para atender el llamado al consumo.
Que Pupileto robara para comprar ropa de marca y aparentar una vida de lujos, muestra los impactos generados por el modelo de consumo en jóvenes de las barriadas pobres de las ciudades de Colombia –aunque no solo en ese sector específico de la población–. Al tener que crecer en contextos signados por carencias materiales vitales, estos jóvenes suelen fortalecer sentimientos de odio hacia quienes tienen lo que ellos no poseen. Sentimientos que el capitalismo (la “sociedad de consumo”, como también suele llamarse) se encarga de fortalecer día a día al transmitir mensajes que invitan a consumir, desconociendo un hecho que condiciona esa posibilidad: que no todos los individuos están en las mismas condiciones para atender el llamado.

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