La militarización de Cali es un adelanto del Estado de Conmoción

Por Rubén Darío Zapata

Foto: Getty

No fueron vándalos quienes dispararon ayer contra la Guardia indígena en Cali, sino “gente de bien” de la ciudad (y algunos de sus guardaespaldas), gomelos, posiblemente hijos de antiguos narcotraficantes que han legalizado algunos de sus negocios y se han cruzado exitosamente con las familias más pudientes y de rancio abolengo de la sucursal del cielo. Y lo hicieron ante los ojos de la Policía, que luego los sacó escoltados del lugar, tal como muestran algunos videos. Eso quiere decir que no fue una reacción espontánea, sino bien planificada y coordinada con la misma Fuerza Pública.

Sorprende que inmediatamente se hubieran encontrado el testigo ideal que iba a declarar ante los medios oficiales lo que supuestamente ocurrió allí, sin condenar ni decir prácticamente nada del ataque de los aristócratas caleños: que era la Guardia Indígena la que estaba atacando a la población, que andaba en camionetas de alta gama y con sus machetes y armas de fuego estaban intimidando a todo el que quería pasar por allí, que incluso empezaron a disparar.

Con esto, el tipo lo que pretendía era justificar el ataque de “la gente de bien” como una reacción “legítima” ante los bloqueos e intimidaciones de los indígenas. Pero si los indígenas hubieran tenido armas de fuego y realmente hubieran disparado, lo que se hubiera presentado allí sería una balacera y el saldo hubiera sido más dramático y las víctimas de lado y lado. Cómo se ve en los videos, “los gomelos” disparan con toda holgura, incluso protegidos por la Policía, sin recibir respuesta armada del otro lado, excepto una persecución temeraria. Tan holgada fue la acción de estos criminales que hasta tuvieron la osadía y la tranquilidad para filmarse disparando, como si se tratara de una acción de entretenimiento.

Lo que más sorprende, sin embargo, es la respuesta del gobierno. Sobre todo, lo que expresaron sus ministros de Defensa y del Interior, que fueron quienes llegaron ayer mismo a Cali y dieron la cara a los medios, porque el presidente había decidido, quizá, que lo que pasa en Cali no era tan importante como para distraerlo de otras actividades. Prácticamente se dedicaron a condenar los bloqueos, alegando que esto era un delito y estaba provocando mucho desabastecimiento en la ciudad, con lo cual despertaban la indignación de la ciudadanía, coma si los indígenas no hicieran parte de la ciudadanía y los derechos que están reclamando no fueran tan legítimos como los que se les reconocen a los demás. Nada de lo que dijeron los ministros parecía condenar la acción de los civiles armados contra la Guardia indígena ni la complicidad evidente de la Policía.

Entre tanto, el presidente ordenó el despliegue de un mayor pie de fuerza para la ciudad, léase militarización. El caso es que la complicidad de la Policía con los delincuentes, evidente en este caso y en muchos otros registrados por medios alternativos y videos aficionados durante estas jornadas de movilización, le quita fuerza al argumento de que hay un déficit de fuerza pública para controlar la situación en Cali.

Lo que busca la Fuerza Pública no es proteger la manifestación popular o garantizar la vida, sino todo lo contrario. La estrategia está cantada desde el principio: ahí están los videos que muestran a la gente de civil salir de los Cais o de las estaciones de policía para infiltrarse en las marchas y generar el caos; también se ven a los civiles armados que salen de un camión, propiedad de la Policía, a disparar de frente contra una manifestación.

Este ataque a la Guardia indígena estuvo precisamente antecedido unos días por un trino del expresidente Uribe, donde denunciaba la circulación en una vía de Cali de una camioneta con la bandera del ELN. Resultó que era una camioneta del Cric, cuya bandera roja y verde conoce bien el expresidente, igual que conoce perfectamente los colores de la bandera del ELN, roja y negra. No pudo tratarse de un error sino de un intento por legitimar un posible ataque contra la Guardia Indígena.

Además de esto, están las invitaciones del alcalde de Pereira para conformar una alianza entre civiles y Fuerza Pública, en un frente común contra los supuestos vándalos que desde las manifestaciones amenazaban la propiedad y los negocios. Este llamado se materializó en una balacera de gente que se movilizaba en una camioneta y disparó contra manifestantes en el viaducto. Iban vestidos de civil, pero a estas alturas ya tiene uno que preguntarse si no serían también policías. Las investigaciones llevadas a cabo por los organismos de control nunca llegarán a este punto, pues su propósito es dejar dormitar las indagaciones hasta que el asunto caiga en el olvido. Y para completar, en Medellín se conocen noticias de que grupos paramilitares están ofreciéndole protección a los comerciantes contra las manifestaciones, argumentando que no están sujetos a la defensa de derechos humanos que limita la acción de la Fuerza Pública; y en los barrios están reclutando jóvenes para disolver las marchas.

Ya quienes disparan, como en el caso de los atacantes de la Guardia indígena, riegan la bola de que quieren llevar esto a una guerra civil si es necesario. No sucederá. Cierto que la estrategia del Estado, no es, por ahora, controlar el caos, sino generarlo, es aquí donde estos delincuentes juegan un papel de primer orden. Por eso Duque nunca hizo nada por desmantelar, como lo obligaba el acuerdo de paz, las organizaciones paramilitares que han venido matando líderes sociales por tanto tiempo con total impunidad: ellas son supremamente funcionales al régimen. Después vendrá el Estado y militarizará el territorio con la supuesta disculpa, ahora sí, de controlar la situación. Lo que acaba de ocurrir en Cali es muestra de una estrategia, que involucra a todo el establecimiento, para justificar la declaratoria de Conmoción Interior, y las órdenes de Duque son apenas un pequeño adelanto.

Esta es su forma de atender el conflicto y los reclamos de la movilización. Los diálogos que hasta ahora ha sostenido con los partidos políticos es apenas una puesta en escena para el entretenimiento de las masas.

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