Rebeldía social y prosa contrainsurgente

José Abelardo Díaz Jaramillo

This is Colombia – Ilustración de Pobre Muchacho

La movilización popular de las últimas semanas es, sin duda, la más importante acción colectiva de protesta urbana que se haya registrado en toda la historia republicana de Colombia, por razones que aparecen ligadas a su alcance geográfico, a su duración en el tiempo, a la nutrida participación social y a los altos costos en vidas humanas ocasionados por la represión que el Estado ha aplicado sobre la multitud inconforme. Ni los sucesos ocurridos a raíz de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, en abril de 1948, ni el paro cívico contra el gobierno de Alfonso López Michelsen, en septiembre de 1977, sin duda las más visibles acciones de protesta urbana del siglo XX, igualan en intensidad y duración las protestas del paro nacional reciente.

Como es natural, los representantes oficiales del establecimiento (funcionarios del gobierno, políticos tradicionales e incluso algunos que posan de alternativos e independientes, voceros de los gremios económicos, intelectuales orgánicos y periodistas), se dieron a la tarea -y aun lo siguen haciendo- de desacreditar el paro nacional. Para ello acudieron a argumentos que no esconden su menosprecio de un sujeto colectivo inconforme que ha dicho basta y se ha rebelado ante las injusticias múltiples que han acumulado y padecido desde hace bastante tiempo.

Entre las diversas dinámicas que se han registrado en torno al paro nacional de 2021, precisamente, se observa la constitución de lo que el historiador Ranajit Guha, de origen hindú, denominó la prosa contrainsurgente. Esta expresión le permitió analizar cómo diversos analistas, ubicados en distintos tiempos históricos, juzgaron la participación de los sectores rurales en la vida pública de la India (como colonia inglesa o como república independiente). Era común, indica Guha, que en esos análisis se impusieran unos códigos de lectura que establecían la carencia de cualquier sentido político en los campesinos, y que, por tanto, sus acciones de resistencia o rebeldía se interpretaran como actos determinados u orientados siempre por pasiones como el odio, la venganza y la irracionalidad. En otras palabras, con esa prosa contrainsurgente se buscaba anular como sujeto político a sectores que no hacían parte de las elites tradicionales, negándoles de paso cualquier posibilidad de agenciar procesos de cambio social.

No resulta difícil argumentar la tesis anterior, al momento de querer identificar cuál ha sido la lectura que los sectores políticos, económicos y militares han construido sobre el paro nacional de 2021, y de quienes han tomado parte en él (un sujeto colectivo de composición social y étnica variada). Basta con escudriñar en los comunicados y decretos oficiales, así como en las columnas de opinión y entrevistas que han sido publicadas o transmitidas en distintos medios periodísticos, para dar cuenta de la puesta en circulación de una interpretación general del paro nacional que busca desacreditarlo como una acción de protesta de los siempre ninguneados sectores subalternos del país.

Una revisión breve, a modo de ejemplo, de algunas columnas de opinión de personajes vinculados al Establecimiento permite constatar lo que aquí se argumenta. Por ejemplo, Germán Vargas Lleras, en la columna De Paros y bloqueos (El Tiempo), no duda en decir que los colombianos inconformes que han tomado parte en el paro nacional han actuado atendiendo una “agenda cargada de odios”, con el propósito de “conducir al país a la ruina total”. Alberto Abello, en una columna titulada El paro y la república del sur (El Nuevo Siglo), afirma que los “bárbaros” que protestan (“una gran masa que posee precaria formación política”), lo hacen “contra el orden democrático” con el fin de “desestabilizar el sistema y forzar al gobernante a tranzar la ley”. En La Democracia sustituida (El Nuevo Siglo), José Félix Lafaurie señala que con el paro nacional “la democracia, viene siendo sustituida por una, ya no del pueblo por representación, sino de ´populacho’ y cabildo abierto por extorsión”, agregando que, en su interés por “generar violencia, bloqueo económico y caos”, los inconformes han recurrido a la “trampa vieja que utilizaron Lenin, Hitler, Castro y, más cerquita, Chávez en Venezuela”. Por último, para no extendernos (los ejemplos son numerosos), leyendo la columna de Saúl Hernández Bolívar titulada Se acaban los bloqueos o se acaba la República (El Nuevo Siglo), comprendemos que el paro nacional es realizado por “hordas de izquierda que responden a Petro, Santos, Maduro, el ELN, las Farc y el Foro de Sao Paulo, entre otras cavernas”, con un “nulo interés de negociar”.

Si bien la prosa contrainsurgente es una operación retórica (“decir cosas”), en realidad, y esto aún más para el caso colombiano, deviene en un componente esencial de una compleja estrategia de control social, en la cual se incluyen otros procedimientos no retóricos, como el asesinato, la desaparición, la amenaza y/o el encarcelamiento. En otras palabras, una política integral de defensa del statu quo, que combina “distintas formas de lucha”, con el propósito de impedir a toda costa cualquier modificación de lo que Arturo Abello (arriba citado) denomina “el orden democrático”.

Precisamente, y así se ha visto desde el 28 de abril de 2021 (día en que comenzó el paro nacional), la prosa contrainsurgente ha desempeñado un papel especial en la contención represiva de la protesta social, al ofrecer justificaciones a actores del Estado y a bandas paramilitares para aplicar violencia física sobre los manifestantes. La prosa contrainsurgente, en efecto, nutre la criminalización de la protesta social, al elaborar “interpretaciones” de los conflictos sociales que son concebidos como amenazas al orden público. Que así sea no es la excepción sino la regla. Basta con repasar de qué modo el Estado y los distintos sectores que ofician como defensores acérrimos del sistema político y económico justificaron y aplicaron violencia en situaciones que no representaban ningún riesgo real, y, en cambio, sí tensiones sociales que debían tramitarse desde los marcos de la institucionalidad. La masacre de artesanos en marzo de 1919, la masacre de las bananeras de diciembre de 1928, la masacre estudiantil de junio de 1954, la masacre de Santa Barbara de febrero de 1963, el paro cívico de septiembre de 1977, sirven de ejemplo.

Vista de cerca, la prosa contrainsurgente (en constante reelaboración) se nutre de referentes ideológicos que están presentes en el contexto inmediato, pero también de referentes que se sostienen en el tiempo. Por ejemplo, la prosa contrainsurgente que se elaboró en el siglo XIX aparece conectada con las tensiones políticas de ese momento que dieron origen a enemigos internos y a “miedos” que se desplegaron por toda la sociedad. El “miedo al pueblo” fue una construcción de las élites del bipartidismo tradicional en el siglo XIX (nutrida por corrientes como el positivismo y la psicología de masas de origen francés) que les fue de utilidad para sindicarlo como turba inclinada al consumo de alcohol y proclive a la criminalidad, y así justificar su exclusión de la vida política. Otro miedo construido en ese período fue el comunismo (antes de que hubiera partidos comunistas en Colombia ya había anticomunsimo, afirmó Gerardo Molina), un referente que dio origen al sentimiento anticomunista que ha atravesado toda la historia republicana hasta nuestros días.

En los años veinte del siglo XX, las élites políticas configuraron el miedo a la revolución rusa como un componente esencial de la prosa contrainsurgente, con la que justificaron la represión al pueblo (caso masacre de las bananeras, por ejemplo). En los años sesenta del siglo anterior, de la mano con la doctrina de la seguridad nacional, se dictaminó que el comunismo amenazaba las democracias occidentales, y países como Colombia adoptaron la tesis de que existía un enemigo interno (subversión) que actuaba en la vida civil a través de organizaciones estudiantiles, sindicales y campesinas. La represión se constituyó en una práctica constante, amparada en la figura del Estado de sitio. Las masacres de Santa Barbara de 1963 y el tratamiento dado al paro cívico de 1977, ejemplifican la aplicación de la criminalización de la protesta social.

En tiempos recientes, los sectores tradicionales han concebido nuevos referentes que reconfiguran la prosa contrainsurgente, como ocurre con el castrochavismo, el populismo y el Foro de Sao Paulo. El “miedo a volvernos como Venezuela” o tildar posturas críticas como formas de “hacer populismo”, son derivaciones de aquellos referentes que tienen efectos visibles, en la medida en que circulan por canales a los que acceden de forma acrítica amplios sectores de la población. Piénsese, por ejemplo, en el alcance de los noticieros televisivos y radiales, en menor grado de la prensa virtual y en papel, y, sobre todo, en las redes virtuales.

También es cierto que la prosa contrainsurgente ve disminuida su visión hegemónica de interpretación al existir, cada vez más, propuestas de comunicación alternativa y/o popular (en donde se incluye la labor de periodistas y dirigente opositores al Establecimiento), que disputan los procesos de información e interpretación del acontecer diario a los grandes poderes de comunicación que hay en Colombia. Precisamente, esas alternativas han logrado contrarrestar el monopolio de la información e interpretación de los poderes mediáticos tradicionales, desnudando las mentiras a las que acude el gobierno para desacreditar la inconformidad social, y poner en evidencia la represión oficial y paramilitar que el Estado ha aplicado contra la población en distintos lugares del país.

El pueblo no se rinde carajo!, imagen Tomada de Twitter

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