El Nare es un río triste

Carta a mi viejo

Por Jhonny Zeta

Rio Nare en Alejandría. Foto: Tomada de mutante.org

Querido viejo. Andaba yo picado con la pregunta por el río. Nada raro, pensará usted que me conoce y ha sido maestro, cómplice, amigo y compañero del gusto y la pasión de andar y navegar los ríos de Colombia; las aguas, desde la infancia hasta el presente, desde el valle del Penderisco hasta el valle del Nare. No importa que los días se colmen de afanes y compromisos, de vadear suertes con la salud y las obligaciones, vale lanzar al aire la pregunta que muchas personas responden en voz baja, con suspiros y silencios: ¿por qué el Nare es un río triste?

Ambos sabemos, como si nadie más pudiera estar siguiendo estas líneas, que los ríos, serenos o bravíos, imponentes o humildes, han sido descritos y romantizados por antonomasia desde la literatura, las crónicas de viajes, las canciones, el turismo y varias disciplinas. En la actualidad, para Colombia y para el resto del mundo, los ríos son, ante todo, un problema y una necesidad. Es curioso que se hable más de lo primero que de lo segundo. En el primer orden, los noticieros ponen las crecientes, la afectación a las obras de infraestructura, carreteras y puentes, los desbordamientos y un etcétera. Después, o a la par con lo primero, está el capitalismo voraz que usted también ha visto con sus propios ojos, traducido en proyectos minero-energéticos, en contaminación desaforada, pesca indiscriminada y aprovechamiento de la cobertura vegetal de las riveras y otro largo etcétera. Se le olvida el tema del agua potable, dirá alguien.

El Nare era el río más importante del oriente antioqueño. Podría seguirlo siendo, dependiendo de cómo se mire.

Sigue siendo una de las cuencas más extensas del departamento; sigue naciendo en el municipio del Retiro, surcando las jurisdicciones de otros once municipios antes de desembocar al Magdalena, en el lugar que le hace justicia a su nombre: Puerto Nare. Sigue recibiendo como aportantes otros ríos: el Pereira, Concepción, Nus, San Lorenzo y Samaná Norte. En el pasado fue enclave comercial. A través de los caminos de Nare, Juntas e Islitas se abrió el intercambio de mercaderías del interior de Antioquia con otras partes del país y el mundo, tanteando trochas y peñascos que solo permitían transitar parte de su recorrido a cargueros humanos, con riesgo de correr la misma suerte que les impedía el paso a los animales de carga.

¿Qué ha pasado con el río, desde aquélla tarde de principios de los noventa cuando conocimos sus aguas, hasta el presente? Alejandría era entonces un pueblito mágico, todavía lo es; su gente amable y cordial ha terminado por ser más joven que nosotros. En ese entonces ya el río había sufrido la primera melancolía: no era un río libre. Un río libre es aquel que puede fluir libremente, su caudal y sus conexiones no han sido alteradas por la actividad humana o el nivel de impacto es demasiado bajo. En 1979 se cerraban las compuertas del embalse Peñol-Guatapé para inundar y hacer desaparecer definitivamente lo que quedaba del viejo Peñol. Aguas abajo se construyó la central Hidroeléctrica de Jaguas (San Lorenzo), que entró en operación en 1988. Esas dos barreras alteraron significativamente el ecosistema y el caudal del río comenzó a ser variable.

Ambos hemos escuchado decir que se necesita la energía eléctrica para vivir, ambos hemos visto cómo se ratifica esta premisa con la puesta en marcha de la microcentral generadora Alejandría y la que están construyendo en la vereda San Miguel. El impacto de la minería de aluvión también ha terminado por modificar el paisaje, las riberas y las características del agua, como también lo han hecho la deforestación y la extensión de potreros para ganadería. Ambos escuchamos conversar a las dos señoras que exclamaban: está triste, parece dormido, ya no es el de antes, mientras miraban el río desde la distancia, evocando los años cuando el viento llevaba la brisa desde el salto Velo de Novia y mojaba la carretera.

El turismo se siente pletórico haciendo uso de su cuenca, practicando deportes, inundando las redes sociales con fotos y videos. Poco saben o sospechan de sus problemáticas aguas arriba, aguas abajo.

Un lugareño me contaba, meses atrás, que durante su niñez el caudal era cuatro o cinco veces mayor, señalaba la altura hasta donde llegaba y calculaba una distancia de por lo menos diez metros hacia afuera desde la orilla actual. Explicaba también que en verano poca agua alcanza a llegar desde su nacimiento. Decía: el río que ves ahora nace después del terraplén (compuertas), son las agüitas que recoge de las quebradas y del aporte del río Concho.

Usted recordará la travesía en lancha de hace cinco años por el Samaná Norte. Perplejos quedamos cuando el motorista señaló diciendo: ese de la izquierda es el río Nare. Tenía más el aspecto de un caño que de un río caudaloso, los papeles se han invertido. Aunque se diga y se reconozca al Samaná Norte como el principal aportante del Nare, el padre, de abundantes aguas y corrientes desafiantes, ha terminado por ser el hijo adoptivo.

Como puede imaginar, el panorama es desalentador. No obstante, y por esa necesidad imperiosa de hacer memoria frente a la elección que ha tenido la humanidad por preferir lo injusto, nos queda también la esperanza para otros ríos hermanos. El Samaná Norte, reconocido como el último gran río libre de Antioquia, ha logrado sobrevivir a proyectos minero-energéticos con las luchas de las comunidades que se han opuesto a que pierda su libertad; las comunidades también se organizan y defienden el Dormilón, el Melcocho y el Santo Domingo para que no corran la misma suerte que el Nare.

Con todo, uno de los pasos más esperanzadores ha sido la Sentencia T-622 2016, reconociendo al río Atrato, su cuenca y afluentes como una entidad sujeto de derechos. Por algo se empieza, dirá usted.

Dejo estos renglones agradeciéndole el haberme enseñado que llevamos un río dentro nuestro, un padre poderoso que nos deja fluir con su caudal de afectos y al que siempre debemos corresponderle.

3 comentarios en “El Nare es un río triste

  1. Y unos cuantos poblares lloramos nuestro río, y vemos como cada día disminuye su caudal. Y sí se ve triste, ya no canta y encanta..

    .

    Periódico El Nudillal.

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  2. Esta descripción evoca una imagen vívida y conmovedora que resuena profundamente en el alma. Con un lenguaje poético y una narrativa hábil, nos recuerda la importancia de proteger y preservar nuestro entorno natural.

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