Protestas contra el turismo extractivista

Por Renán Vega Cantor

En la foto: protestas en Malaga (España), tomada de emol.com

Durante esta primavera y verano en España, ha aparecido un nuevo tipo de protesta: la que va dirigida a denunciar el carácter destructivo del turismo. Desde abril y hasta octubre han ocurrido manifestaciones en Girona, Barcelona, Canarias, Baleares, Málaga, San Sebastián, Cádiz y Madrid. Los manifestantes son residentes locales en sus respectivas ciudades que, hastiados del turismo masivo, han decidido salir a protestar. Algunas de las consignas que han agitado son estas: “Tourism kills the city” o “Tourists go home”, “Basta, pongamos límites al turismo”, «Barcelona no se vende», “Esto es un bloque turístico. Tu lujo, nuestra miseria”, “Queremos una ciudad para los ciudadanos y no al servicio de los turistas”, «Turista: ¡respeta mi tierra!», “Las casas para las que vivimos aquí”.

A primera vista, podría pensarse que es una más de las manifestaciones xenófobas contra los extranjeros que tanto caracterizan la persecución de los migrantes pobres que afluyen a Europa; por eso, algunos la han bautizado con el mote despectivo de la turismofobia. Pero no, estas protestas tienen otro carácter. Señalan uno de los fenómenos más destructivos del capitalismo realmente existente: el turismo de masas.

Este se incrementó en las últimas décadas, durante las cuales solo fue interrumpido, en forma forzosa, por la pandemia de Covid-19 en 2020-2021. Las cifras sobre la afluencia de turistas a España y otros destinos de Europa y del mundo son reveladoras: España en 2023 recibió 85,1 millones de visitantes internacionales (un 19% más que el año anterior), mientras su población es de 49 millones. A la ciudad de Barcelona llegan cada año 31 millones de turistas, 18 millones de los cuales pernoctan en el casco urbano y otros 11 se ubican en las afueras. La población de esta urbe mediterránea es de 1.5 millón de habitantes, lo que quiere decir que, cada año, llega casi 20 veces el número de residentes de la ciudad. Venecia tiene solo 50 mil habitantes y recibe anualmente 38 millones de turistas, o sea, unos 170 mil por día.

Es obvio que esta súbita llegada de gente tiene consecuencias destructivas sobre la vida de las ciudades y de sus residentes, y esas consecuencias son muy diversas.

Impacto en la vida de los habitantes locales

Los afectados en forma directa e inmediata son los pobladores locales y, como siempre, los más pobres y humildes, puesto que el turismo acentúa la gentrificación urbana, encareciendo algunos barrios de las ciudades y produciendo aumentos de precios de vivienda, de transporte y alimento. Así se expulsa a quienes no pueden mantener ese nuevo tren de vida y de precios.

A las zonas turísticas situadas en lugares costeros llegan cruceros, en cada uno de los cuales viajan unas diez mil personas. Cuando descienden, inundan de manera repentina las ciudades, generando ruido, contaminación, basura, presión sobre los recursos naturales y afectando la vida de los lugareños.

En contra de lo que se cree, el turismo, en lugar de aumentar y mejorar el empleo, acentúa la precariedad laboral, destruye las economías locales y el comercio a pequeña escala, mientras las ganancias se concentran en grandes pulpos hoteleros y redes turísticas transnacionales. En los últimos años, con la digitalización, vía plataformas como Airbnb, se ha dado un desplazamiento de la vivienda local, que ya no se arrienda a los nativos, sino que se reserva a los turistas. Esto significa que miles de casas permanecen desocupadas en ciertas épocas del año, dándose un aumento en los precios de alquiler, porque los residentes habituales de las ciudades no pueden competir en precios con lo que pagan los turistas.

Impactos ambientales

El turismo es una de las actividades más destructivas y contaminantes, y entre mayor sea la cantidad de visitantes, peor la situación. La huella ecológica del turismo es elevada, como resultado del aumento de movilidad aérea, incremento en el uso de vehículos a motor en tierra y en mar, el sobreconsumo de agua, los incendios que ocasionan en ciertas regiones, la destrucción de biodiversidad vegetal y animal. Los turistas llegan, disfrutan y se van, y en los lugares en que han estado queda un interminable reguero de basura y contaminación, como se aprecia en las playas en las que se dejan cantidades ingentes de plásticos y botellas desechables. 

Impactos climáticos

A mediano y largo plazo, el impacto del turismo sobre el clima es letal, debido a que es una actividad que consume combustibles fósiles de principio a fin: el sector turístico genera el 5% de las emisiones mundiales de Gases de Efecto Invernadero, por los desplazamientos en avión, barco, automóvil o tren; gran parte del turismo se realiza en áreas costeras, frágiles, por lo que los visitantes contribuyen a acelerar la degradación física de ciertos entornos, lo que aumenta la temperatura global.

La mayor temporada de incendios coincide con la primavera y el verano, justo el momento de mayor llegada de visitantes, lo que lleva a señalar el turismo como uno de los grandes responsables de numerosos incendios. La utilización masiva de piscinas y balnearios aumenta el calentamiento global, porque esas actividades requieren grandes cantidades de electricidad. Por lo general, las nuevas zonas turísticas son alejadas del centro de las ciudades, en ambientes falsamente rurales, que requieren el uso de automóvil, con el aumento en la producción de CO2. En los lugares donde todavía quedan glaciares, como en Noruega, se ha producido un aumento de visitantes, con la consiguiente aceleración del deshielo.

Contra el turismo, el protocolo del kieto

A finales del siglo anterior fue famoso el demagógico Protocolo de Kioto, con el que se pretendió reducir el uso de combustibles fósiles. Dado el carácter destructivo del turismo y sus impactos sociales, culturales, económicos, ambientales y climáticos, todos normales si se tiene en cuenta que es una actividad extractivista, hoy es necesario reivindicar el Protocolo del Kieto, es decir, viajar lo mínimo posible, no usar avión, reducir el uso de automóvil privado, no desplazarse en viajes intercontinentales ni de largo kilometraje. En pocas palabras, ante el turismo asfixiante y destructivo de masas, se requiere quedarse quieto y ligado a sus lugares más próximos, porque los habitantes locales de los países y el planeta lo exigen. De lo contrario, la hipermovilidad y velocidad, propias del capitalismo, nos va a matar a todos.

Foto Tomada de Forbes Argentina

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