Por Diego Meza Gavilanes

Ilustración: Julián Arango
El alcohol no es un objeto cualquiera. En muchas sociedades, las bebidas espirituosas son un símbolo dominante o un objeto liminal. Tal vez, podríamos decir que el alcohol y las actividades unidas a su producción y consumo constituyen lo que en sociología llamamos un hecho social total. En otras palabras, las bebidas alcohólicas no son solamente una sustancia de consumo sino que están profundamente vinculadas con la estructura cultural, social, económica y política de una población. Esto es precisamente lo que quiero detallar basándome en los discursos y prácticas del resguardo indígena el Gran Cumbal.
Los habitantes del municipio de Cumbal, en Nariño, pertenecen a la comunidad indígena de los Pastos, la cuarta etnia más numerosa de Colombia. Este grupo ancestral ocupó los territorios del suroccidente colombiano desde aproximadamente el siglo VI a.C. y se extendió hasta el norte del Ecuador. La influencia de la cultura inca es notable en varios aspectos, como la relación entre el quechua (la lengua de los incas) y la toponimia, así como en la estructura de las frases y el lenguaje de los Pastos.
El significado de la palabra “Cumbal” no es preciso, y existen diversas interpretaciones al respecto. Algunos investigadores la asocian con Antonio Cumbe, un cacique de esta etnia. Otros sugieren que el término “cumba” hace referencia a una tronera, es decir, a la pequeña abertura en el techo de las casas indígenas, destinada principalmente a la evacuación del humo. Este último sería un nombre especialmente adecuado para este pueblo, ubicado en las faldas de un nevado que lleva este nombre.
En cuanto a las bebidas alcohólicas, se sabe que los Cumbales y los Pastos en general utilizaban el maíz para elaborar la chicha. No obstante, en toda la región andina también se producían diversas variantes de chicha a partir de otros ingredientes. Es probable que esta bebida se consumiera en rituales especiales y celebraciones importantes, aunque no se debe descartar su consumo en el ámbito familiar o en ciertos contextos laborales.
Desde la época colonial, el discurso racista impuesto por los colonizadores, y que condujo a la subvaloración del indígena, retrató a este como borracho, perezoso, hechicero y nigromántico. En otras palabras, se le describió como alguien de escasa voluntad, profundamente entregado al vicio de la chicha, que los españoles consideraban un licor. Esta imagen fue perpetuada por Fray Gerónimo de Escobar, quien, al referirse al pueblo de los Pastos, contribuyó a difundir esa visión negativa:
Y como son bárbaros cuanto se les ha enseñado en diez años, se pierde en diez días; de más que estos diez días vacan en mil vicio que son unos taquíes que ellos llaman, que son unos bailes generales a donde hacen juntar a todo el pueblo a que baile en la plaza con grandes tinajas con cerveza que es el vino con que ellos se emborrachan y es ordinario entre ellos, en ausencia de los sacerdotes evangélicos (Uribe 1986:6).
La chicha, descrita como un vino producido por los indígenas al masticar maíz y dejarlo fermentar con saliva, agua, hierbas y frutas, era una bebida no muy fuerte. Muchos indígenas podían consumirla durante días sin embriagarse completamente, aunque otros aseguraban que grandes dosis causaban embriaguez inmediata. Durante la colonia, la chicha fue reemplazada gradualmente por el aguardiente de caña, producido en fábricas y alambiques familiares, debido a la promoción del licor por parte de los españoles y la prohibición de la chicha por razones económicas. Esta contradicción, que denunciaba las borracheras indígenas mientras fomentaba el consumo de licor, se justificaba en términos de orden, moral y control social. Además, los lugares donde se consumía chicha se vinculaban a conspiraciones contra el orden colonial.
Con el tiempo, la chicha y otras bebidas artesanales, antes usadas con fines rituales y festivos, fueron desplazadas del mundo indígena hacia otros sectores sociales, representando una amenaza para la civilización. La represión de su consumo, inicialmente religiosa y moral, se transformó en una reflexión médica, considerando la chicha como un signo de barbarie y, más tarde, como un elemento tóxico. A pesar de la persecución, la producción de aguardiente de caña en áreas marginadas y apartadas persiste hasta hoy.
En Cumbal, una de las bebidas más populares es el “chapil”, un licor fermentado a base de caña de azúcar, generalmente preparado de manera doméstica. El término “chapil” proviene de la lengua awá y significa “jugo dulce”. Esta bebida se produce principalmente en las veredas más distantes del centro urbano. Conocido como el “licor de los indios”, el chapil es fácil de obtener y tiene un precio accesible. En Cumbal, el chapil está presente en todos los aspectos de la vida cotidiana, siendo una constante en los eventos comunitarios. Su consumo es prácticamente indispensable en diversas ocasiones, desde celebraciones sociales y familiares hasta actividades laborales y comunitarias, como las mingas.
Los indígenas Pastos del Gran Cumbal siguen hoy en un proceso de recuperación de su tierra, memoria y su identidad cultural. Sin embargo, siguen enfrentando varios estigmas y persistentes desigualdades. En este proceso, que no está exento de tensiones, los indígenas del Gran Cumbal adoptan con satisfacción los elementos de la modernidad, al tiempo que luchan por armonizarlos con sus tradiciones ancestrales. Quizás, el consumo de alcohol y las diversas formas de regulación formen parte no banal de esta historia.
