Editorial No 107: Combate frontal a la estupidez del poder reinante

Portada: «Sin título» – El Dante Aguilera

Estupidez ha habido siempre en el mundo, pero en el de hoy la estupidez reina envuelta y protegida por la arrogancia; ella campea en los gobiernos de los grandes imperios y las grandes corporaciones y se exhibe públicamente y con descaro como si fuera la innovación más genuina e ingeniosa. Ya no se trata del rey que sale desnudo a la calle, engañado por sus sastres que le han asegurado que va vestido con un traje elegantísimo que él no puede ver; ahora estos reyezuelos, tan estúpidos como el del cuento de Hans Christian Andersen, saben perfectamente que van desnudos y exhiben su desnudez con soberbia como diciendo: “Sí, estoy desnudo. ¿Y qué?”. Ellos son los reyes adorados por el pueblo, disfrazados de elegantes estadistas o envueltos en su mera altanería.

Hay que aclarar, sin embargo, que reyezuelos estúpidos como los que actualmente padecemos no podrían jamás gobernar sobre un pueblo pensante. Así que el poder, casi sin límites, de estos gobernantes de pacotilla se sustenta precisamente en la estupidez del mismo pueblo. El fetichismo de la mercancía, tal como lo explicó Marx, ha llegado a niveles que ni el mismo filósofo hubiera podido imaginar. El poder sobrenatural concedido al dinero ha superado todos los límites morales, y aquello de que en el capitalismo cada individuo anda con el poder social en su bolsillo nunca fue tan real como ahora, cuando el culto al poder se ha generalizado de una forma espantosa.

Hubo un tiempo en que las masas cultivaron una desconfianza casi natural en el poder. Y como consecuencia, los poderosos tuvieron que empeñarse en exhibir algo de sensatez, sobriedad e inteligencia y, sobre todo, de presentarse como quienes podrían garantizar el bienestar social para todos, con el fin de mantener, aunque fuera formalmente, la favorabilidad del pueblo. Esto ya no se encuentra en la élite que gobierna el mundo. Ni siquiera hay una preocupación en ella por aparentarlo. Su poder, en la mayoría de los casos, no está sustentado ni en la formación profesional, ni en la experiencia política, ni en una carrera dedicada a luchar por el bienestar del pueblo o de la nación. Ese poder ha sido conquistado mediante la violencia o el dinero, y la mayoría de las veces se sustenta en ambas cosas: ostentan mucho dinero adquirido violentamente y luego hacen con ese poder lo que les viene en gana, como el niño caprichoso a quien el padre rico le ha enseñado que todo lo que quiera tener y hacer le está permitido gracias a su dinero.

Lo curioso es que en el momento en que el poder exhibe impúdicamente sus costuras y se hace menos venerable, las masas empiezan a soñar con él. Y eso tiene mucho que ver con la desesperanza a la que nos ha empujado el neoliberalismo y su desprecio total por todo aquello que no genere dinero o no se pueda comprar con él. Entonces quedan las apuestas de corto plazo, la felicidad efímera, dado que no existe otra posible, el disfrute malsano de lo prohibido, la necesidad de imponerse sobre el que sea y sobre lo que sea para saciar sus apetitos. Y si desde el poder se puede hacer todo eso y, además, el poder se consigue con dinero, entonces no le es realmente inaccesible a nadie. Menos ahora que el dinero “fácil” circula libremente por el mundo de los negocios y que los negocios ilícitos pueden ser más rentables y respetables que cualquier otra cosa.

No hay que olvidar, sin embargo, que esta es una estupidez socialmente producida y diseñada con esmero por los agentes del gran capital desde los mismos centros educativos y desde la industria cultural que ha terminado por aceptar que es solo industria del entretenimiento. Pero, además, se trata de una estupidez selectiva: el sistema promueve una gran habilidad técnica y un espíritu de innovación tecnológica al mismo tiempo que cierra las posibilidades del despliegue de la sensibilidad humana, el pensamiento crítico y la solidaridad. Así se garantiza el soporte de una masa constituida por individuos egoístas, centrados en su propio éxito personal e indiferentes ante el futuro mismo de la humanidad y, por tanto, insensibles frente al sufrimiento del vecino, el amigo o, incluso, la familia.

Este es el contexto social que augura el renacimiento del fascismo, ya no en un país retrógrado económica y políticamente como la Alemania Nazi o la Italia de los años veinte del siglo pasado, sino a nivel planetario, con un auge de reyezuelos estúpidos celebrados por las masas en casi todos los países del orbe. Esta situación actualiza de una manera dramática las advertencias del pensador judío alemán Walter Benjamin a la socialdemocracia alemana, que pensaba el nazismo como un simple paréntesis en la historia, que habría de ser superado automáticamente por el desarrollo indetenible del progreso. Dicho progreso, por lo demás, daría a luz por sí solo, según pensaba la socialdemocracia entonces, a una sociedad mejor.

Igual parecen pensar hoy aquellos que celebran el sorprendente desarrollo tecnológico de China porque le está ganando la carrera a los Estados Unidos. Aquí se confunde ingenuamente progreso tecnológico con progreso social y se cierra los ojos a las catástrofes sociales que dicho progreso técnico trae necesariamente para la humanidad mientras esté al servicio de la acumulación de capital. En esa carrera entre dos potencias imperiales, la China tampoco parece encarnar un proyecto de humanidad en donde la vida digna para todos y la eliminación de la estupidez y la barbarie sea el objetivo fundamental de la política y la economía.

Solo los pueblos, elevados a su condición de sujetos autónomos, críticos y pensantes, pueden encarnar ese proyecto humano que ningún poderoso puede ni desea emprender. El pueblo necesita crear en su propio seno los espacios y las estrategias para combatir esta estupidez colectiva promovida adrede por las instituciones educativas y culturales del capitalismo. Es una tarea indelegable que no pueden llevar a cabo ni los poderosos ni mucho menos los caudillos, pues todos ellos necesitan un pueblo obediente y al servicio de su propia gloria.

Quienes queramos contribuir a la creación de dichos espacios y estrategias deberíamos empezar por eliminar la supuesta distancia que nos sitúa por encima del pueblo y nos ilusiona con ser su guía moral e intelectual, como si estuviéramos libres de la estupidez que queremos combatir; solo así podremos sentirnos parte del pueblo, aunar los latidos de nuestros corazones, calibrar nuestra fuerza espiritual y material con nuestros anhelos más profundos y actuar en consonancia. Artistas, políticos, intelectuales integrados en la marea convulsa que agita el pueblo hoy para crear un sujeto colectivo y diverso, capaz de darle forma a un proyecto de humanidad que al fin nos convierta en protagonistas de la historia con capacidad para transformarla consciente y organizadamente. En el seno del pueblo, en medio de sus necesidades y aspiraciones más elementales, en la dinámica de la solidaridad y la empatía con la naturaleza sufriente podríamos quebrar de alguna manera el hechizo del poder monetario y recuperar la idea del poder como una fuerza colectiva, como la capacidad para hacer con los demás, para pensar e imaginar con los otros y las otras y crear juntos un mundo mejor.

Contraportada: «Paisaje de la torre centauro» – Remedios Varo

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