Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

Ilustración de Alberto Jerez
El fin de semana suele ser un pequeño pacto que hacemos con el sistema: descansamos para poder seguir produciendo. Consumimos ocio como quien recarga una batería que el lunes volverá a vaciarse. Nos dicen que descansar es no hacer nada. Y muchas veces obedecemos. Pero a veces el descanso se convierte en otra cosa. Cuando usamos ese espacio para pensar el mundo se puede decir que es una forma de descanso; pero también puede ser una forma de resistencia. Un grupo de personas (Semillero de investigación Raíces Sonoras) que se reúne los sábados a conversar sobre el Río Magdalena y su música está haciendo exactamente eso. Mientras el país corre, compra y olvida, ellos se detienen a escuchar. Y en esa escucha aparece una pregunta incómoda: ¿Qué significa un río que ha sido cantado como vena de vida y que, al mismo tiempo, ha transportado muerte? Ahí está el gesto político más simple y más difícil: usar el descanso no para olvidar, sino para recordar.
En esta ocasión se me presentaron dos situaciones en el mismo fin de semana. Interpelado por la nueva línea de investigación que abría sus brazos en el semillero, no podía dejar de pensar en el río como un motor para analizar el contexto social y político del país. Pero, al mismo tiempo, escuchaba la noticia de que el Río Medellín contenía nueva vida: pequeñas comadrejas que, en su danza ansiosa, habitan las aguas de este río canalizado. Si pensamos el río como un motor de vida, no solo como una fuente de agua dulce en movimiento que la garantiza, sino también como una arteria histórica, la reflexión se amplía.
El río Magdalena, por ejemplo, está rodeado de comercio, intercambio cultural y músicas que viajan por él y lo cantan como integrador simbólico del país. Joe Arroyo, en un homenaje a Esthercita Forero, lo nombra como “surcado de dioses, color tabaco”, aludiendo a su importancia como mito nacional y como engranaje simbólico de la ribera. Pero en esa misma canción aparece una frase que hoy cobra un sentido más oscuro: “déjame vivir, déjame morir sobre tus arenas”. La expresión evoca la vida que transcurre al lado de sus aguas: allí se nace, se vive y se desea morir en paz. Sin embargo, esa imagen se torna sombría cuando recordamos que muchas de los cadáveres que descendieron por su cauce habían sido producto de la violencia sistemática de los grupos armados, que transformaron esa arteria de vida en un canal de muerte.
Acompañando todo este proceso de violencia, de simbología, de vida y de muerte está la música. Esa música del Caribe no solo viajó por espacios para ser escuchada por otros oídos a través del río y de las carreteras que lo conectan, sino que hizo mella en las formas en las que se sentía el país. Estas músicas, que venían calientes, encendieron un centro del país caracterizado por el bipartidismo seco y moralmente conservador. Estas músicas, llenas de vida y alimentadas por el río, fueron usadas también por las élites proselitistas del país para ganar adeptos en la cultura andina. Mientras en el centro se cantaba un bambuco por la tristeza de un niño que preguntaba a su abuelo por sus padres, asesinados por ser críticos frente al contexto social y político, la música del Caribe introducía otras formas regionales de narrar esa misma violencia: nuevas corporalidades, nuevas formas de vivir la lucha, la muerte y la fiesta como afirmación. Una nueva vida bañaba el centro del país: una música que invitaba a la reunión, a la circulación de historias, a la sátira política y a la afirmación de la identidad regional.
Lo que menciono es solo una excusa para establecer un paralelo entre la vida y la muerte que rondan el río Magdalena y la forma en que pensamos el río Medellín, un río que es noticia por el constante ataque humano a sus aguas. El río Medellín es un río domesticado, controlado en canales e industrializado; es un río agonizante. Se convierte en noticia cuando se rebela contra sus propios límites y se vuelca sobre el urbanismo, cuando aparecen, como en el río Magdalena, cuerpos flotando en sus aguas. Iván Obando canta: “En este río ya no hay recuerdos, ni soledades, ni porvenir; no tiene barcos que le acompañen, ni pescadores con quién partir”, todo ello para hacernos notar que un río que puede ser motor de vida se está convirtiendo en símbolo de muerte.
Por esta razón, la noticia de las comadrejas nadando en sus aguas, en sus yacimientos limpios, en sus orígenes tranquilos, es tan importante y, al mismo tiempo, tan impotente. El río tiene toda la potencia de ser vida, toda la fuerza para bañar un valle reseco por el asfalto; pero le sellamos sus fuerzas, su magia, su sentido. Se nos hace más común ver cuerpos flotando en él que comadrejas jugueteando por sus orillas.
El río Magdalena no pierde su fuerza natural, a pesar de la violencia que lo atraviesa. Sigue siendo símbolo de vida, aunque cambie la forma en que nos relacionamos con él. En esa tarea incansable de buscar unidad nacional se revelan fracturas y golpes a lo que es nuestro. La línea de investigación que se abre en Medellín, el papel de los dos ríos en torno a la música y las comadrejas, son una excusa para reflexionar, pero también un llamado de atención, una alerta que compartir y una invitación a actuar: cuidar nuestros ríos es también cuidar nuestra memoria. El río es un archivo vivo de lo que somos. Quisiera escuchar, en esas campañas escandalosas, nuevas propuestas de cuidado para el río Medellín y no solo compromisos para controlarlo más, para evitar que muestre su rebeldía frente al cemento. El cuidado del río no es solo una responsabilidad ética; es también una responsabilidad política.

Muy buena reflexión. Debemos escuchar nuestros ríos antes de que mueran, y antes de que ellos no tengan otra opción que sacudirnos la existencia con su fuerza elemental. Un río debería adorado como deidad.
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