Historia de una catástrofe

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen de Víctor Camilo Cuartas

De aquellos polvos estos lodos, dice el viejo refrán. Pero como no conviene empezar con la conclusión, debo enseguida retrotraerme al principio. Y el principio puede ser este: en el extremo noroccidental de Sudamérica donde muere el Ande; en la imprecisa frontera que separa a Antioquia de Córdoba (frontera más larga, por cierto, que la que hay entre Francia y Alemania, por ejemplo, y con más de 100.000 hectáreas disputadas en diferendos que van desde Arboletes y Los Córdobas hasta Nechí y Ayapel, en un área que cubre a veintidós municipios de lado y lado); en riachuelos que brotan allí donde la Cordillera Occidental se trifurca formando tres serranías; en los bosques de niebla de la zona de transición climática entre las llanuras del Caribe y la región andina; en uno de los puntos más lluviosos del planeta donde la humedad del mar se condensa sobre la montaña; de veneros que brotan a más de 3000 metros de altura y de ahí para abajo; en algún punto entre Ituango y Tierralta nace el río Sinú.

Autosuficiente y altivo, a diferencia del San Jorge que nace también en el nudo de Paramillo, el Sinú no busca a otro río para fundirse con él, sino que se lanza directo al mar formando su propia hoya hidrográfica. Los 200 kilómetros que van del páramo a la costa en línea recta, el Sinú los vuelve más de 400 entre meandros sinuosos a los que acompaña un sistema natural de ramales, ciénagas, humedales y campos de escorrentía. Después de La Doctrina, municipio de Lorica, cuando presiente que el golfo de Morrosquillo está cerca, el Sinú se abre para formar un delta.

Hacia 1938, durante una creciente, decidió que no se uniría al mar en San Antero, por la Punta Mestizos, en la bahía de Cispatá. Rompió entonces hacia occidente y, aprovechando algún canalito de su restañadero, torció hacia la boca de Tinajones, en San Bernardo del Viento, sitio de su actual desembocadura, donde se reparte en tres ramales: Corea, que discurre ligeramente hacia poniente; Central, que sigue recto hasta el mar, y Mireya, que tuerce hacia levante.

Con su retirada, como el agua dulce dejara de entrar a Cispatá, con el avance de la aguasal, sobre el bajío floreció un ecosistema de manglar que hoy se extiende por más de 7000 hectáreas. Desde finales del holoceno medio, el Sinú se ha movido en un vaivén de mermas y crecientes: los ejarbes periódicos anegan su valle de aguas cuyos sedimentos, ricos en nutrientes, han dado como resultado uno de los valles más fértiles del mundo.

Antes de 1500, vivieron en su cuenca dos grandes pueblos: en la parte media y baja, la nación zenú, cuya lengua dejó de ser hablada para siempre sobre todo tras la Real Cédula con la que Carlos III prohibió, en 1770, el uso de las lenguas indígenas en su imperio. A la llegada de los conquistadores, el señorío de Finzenú se extendía por el Sinú medio, el de Panzenú ocupaba el valle del San Jorge hasta lo que hoy llamamos la Mojana sucreña y, hacia el sur, desde lo que hoy llamamos el Bajo Cauca antioqueño hasta las tierras altas, se extendía el gran señorío de Zenúfana.

Según las crónicas de fray Pedro Simón, franciscano español a quien debemos estos datos, en Finzenú gobernaba Toto, hermana del cacique Nutibara, señor de Zenúfana. Esta ejercía una especie de matriarcado religioso y en sus tierras (cerca de lo que hoy se llama la ciénaga de Betancí, municipio de Montería) se conservaban los restos mortales de los soberanos de los señoríos en tumbas atiborradas de oro, saqueadas ya desde comienzos del siglo XVI. Si las palabras de la antigua lengua guajiba del Finzenú dejaron de oírse para siempre, las costumbres de aquellos pueblos sobrevivieron parcialmente y otras se diluyeron con el mestizaje.

En reductos importantes situados principalmente en los municipios de Tuchín y San Andrés de Sotavento la nación zenú sigue resistiendo. En cuanto a la cuenca alta del río, esta era ocupada por la familia de los katíos (gentes de la selva) que forman parte de la nación embera eyabida (o gentes de las montañas). Los embera katíos viven desparramados en la gran región histórica de Urabá, cuyo territorio abarca dos municipios en Córdoba, once en Antioquia y cuatro en el Chocó. El violento coloniaje los llevó acaso a adentrarse en las selvas altas y así, más aislados, han logrado conservar su lengua y parte de sus costumbres ancestrales.

Administrativamente, las tierras de los valles del Sinú y San Jorge dependieron de la provincia de Cartagena y luego del estado soberano de Bolívar. Pero el hundimiento del federalismo y la separación de Panamá empezaron a reescribir la historia. En 1905, tras la secesión del departamento de Caldas y como compensación por las tierras perdidas al sur, Urabá fue anexado a Antioquia. Hasta entonces, había pasado del Cauca a la provincia del Chocó o de Cartagena a Antioquia. A la clase dirigente de Medellín le convenía una salida al mar y vio una oportunidad en la incorporación de tierras fértiles en plena expansión económica: empezaba la obra de la antioqueñización de Urabá. Bolívar perdió el mismo año de 1905 a Barranquilla, que se organizó como capital del nuevo departamento del Atlántico. Los vientos autonomistas empezaron a soplar entonces en el valle del Sinú. El flujo de capital y de población antioqueños, de Urabá llegaron también al Sinú a cuya dirigencia fastidiaba lo que percibía como desinterés por parte de la administración de Cartagena. Las ambiciones separatistas fueron entonces rápidamente aupadas por la dirigencia conservadora de Antioquia.

Precisamente por iniciativa conservadora, a la que rápidamente adhirió el liberalismo local, fue presentado el proyecto de creación de un nuevo departamento que, al final no se llamó Sinú como su río (denominación que hubiera dejado por fuera a la región del San Jorge), sino Córdoba. El nombre homenajeaba a José María Córdova prócer que al final de su vida había enfrentado a Bolívar (la v de su apellido viene al parecer de un capricho de joven militar: cambió la b por v por ser esta última la letra con que se escribía victoria). Y Bolívar era precisamente el departamento del que Córdoba buscaba desgajarse (en los años 90, por cierto, a un gobernador se le dio por escribir Córdova, pero la veleidad duró poco tiempo).

Alguna prensa liberal de la época vio en la creación del nuevo departamento una treta electorera del conservatismo sustentada, entre otras cosas, en el apoyo irrestricto que a los conatos separatistas dio siempre la bancada antioqueña en el congreso. Creado el nuevo departamento, su dirigencia recuperó bien pronto un sueño, planteado ya en 1942: domeñar al rebelde Sinú que, embravecido, inundaba periódicamente aquel valle de aluvión. Era el tiempo de poner en marcha la aplanadora del progreso. Pero esta historia la dejaremos para la próxima edición de El Colectivo…

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