Un sueño de ida, de vuelta a la memoria y viceversa
Por Jhonny Zeta

Imagen: Jhonny Zeta
Convocados y convencidos por la solidaridad que afina la vocación, nos citamos aquel sábado de finales de abril a las 4 a.m. La ciudad todavía no desarrugaba su afán, cuando en una esquina del barrio Aranjuez sonó el pito del automóvil; era la señal para sacar el equipaje, extender el abrazo sincero y emprender el viaje hacia la materialización del sueño colectivo que nos había mordido un par de meses atrás. Hicimos parada en la estación Envigado para coincidir con el resto del equipo; unos saludaron, otros nos presentamos mientras reorganizábamos el equipaje, después partimos en los dos automóviles rumbo al norte del departamento de Caldas.
El amanecer se nutría con canciones, con chistes y anécdotas, alguna perdida, una espera corta y a la vista Cerro Bravo, La Silla y Cerro Tusa, diciendo: aquí seguimos desde antes de la prehistoria. Pasamos por la Pintada, atravesamos el río Cauca para ascender hasta Irra, desde donde se despliegan paisajes andinos que asombran la mirada nueva y la que repite. Parada técnica en Aguadas y Pacora, geografía cafetera con balcones que saben conversar con flores y pájaros; del corregimiento Las Coles un descenso hasta el destino esperado. Nos recibieron con alegría hombres y mujeres de vocación campesina y el letrero alto que decía: I.E. Las Coles, sede Las Trojes.
La palabra troje alude a una bodega o granero que se utiliza para almacenar la cosecha, por ejemplo, de maíz y otros granos. En Colombia, las trojes se construían de manera circular con materiales como la caña brava.
Era medio día soleado, de los vehículos sacamos instrumentos musicales, maletas, bolsas, más instrumentos, equipos, más bolsas. Descargamos todo en el amplio espacio destinado a la cocina y restaurante de la escuelita. La profesora Lina, como buena anfitriona, iba y venía dando indicaciones, haciendo acá y allá. De pronto, dijo: vengan les presento el salón donde instalamos la biblioteca escolar. Con timidez y asombro fuimos entrando, la profe emocionada decía: nos llegaron libros muy bonitos e interesantes, los niños y niñas están felices, la comunidad muy entusiasmada, tengo el corazón contento.
Entonces sucedió
Ese sueño que dos meses atrás nos había mordido, cuando la profesora Lina había expresado que quería tener una biblioteca para los niños y niñas de su escuelita, el que nos llevó a lanzar por las redes sociales una donatón de libros y materiales, era el mismo en el que habían coincido muchas voluntades para hacer llegar dos estanterías y varias cajas con materiales de lectura al lugar donde la comunidad se había organizado y dispuesto para recibirnos en sus casas y poder inaugurar el sueño. No importaba que fuera sábado, en la cocina de la escuela había movimiento, Dubián Monsalve, artista de la montaña, preparaba materiales para el mural. Probamos instrumentos y sonido; don Alcides, viejo zorro en interpretaciones musicales, nos contó sobre sus compañeros de conjunto fallecidos, tomó la guitara con timidez y permitió que le acompañáramos algunos temas. Dejamos todo dispuesto para el siguiente día.
La madrugada vestía las montañas con una paleta amplia de verdes que contrastaban con neblinas pasajeras; sentimos la emoción y el gusto del descanso inigualable de las casas campesinas, del mágico sabor que pasa de la cocina a la mesa. Coincidimos de nuevo en la escuela y congregamos a las niñas y niños para hacer rondas y canciones. En el patio, Dubián hacía el taller con la comunidad, explicaba que harían una corta salida de campo para tomar tierra de diferentes lugares de la vereda y obtener los pigmentos necesarios para la paleta de colores con que se pintaría el mural.
En la biblioteca escolar Laura activaba el taller de los susurradores con tubos de cartón. Nos explicó que era el pretexto para hablar de la confianza con los niños y niñas, pero también de la alerta con esos secretos que no se pueden guardar y la importancia del auto cuidado. Después nos dedicamos a hacer el tendedero literario y a decorar el salón con ayuda de los y las estudiantes, con Cristian, Raúl y la profe Lina.
Cristina, acompañada del profe Jader y su compañera, ubicaba fotografías y objetos con las que se activaría el museo de la memoria, un ejercicio que hace parte de su trabajo de grado de maestría sobre cómo la educación popular contribuye a la construcción de paz mediante las memorias, los saberes y prácticas propias en el territorio, indagando por las memorias individuales y colectivas en el marco del conflicto armado, esa sombra histórica que también pasó por la vereda Las Trojes.
Después del sancocho comunitario, el final de la tarde se convirtió en una suerte de líneas y colores puestos alrededor de la caseta circular, de la troja esgrimiendo la imagen de una mazorca con largos capachos ondulados, que también semejaban montañas tachonadas de casitas, un cielo fecundo y terrenal. En el salón de la biblioteca la comunidad conversaba sobre la importancia y el sentido de lo que se estaba haciendo, se entregaron menciones de reconocimiento a los guardianes y guardianas de la memoria, sabedores y sabedoras de la vereda. La lluvia no empañó los ánimos, el cierre en el patio fue también una suerte de valses, pasillos, zambas y sones con los que celebramos la vida.
El lunes hicimos el viaje de retorno con sueños bonitos y las ganas de seguir dejándonos morder por las utopías necesarias. Estrenamos la vía del alto de Minas, que estuvo cerrada muchos días; mientras ascendimos hice sonar la canción dentro del automóvil, subí el volumen al tope y cantamos a pulmón: Al corazón del amigo, abra la muralla, al veneno y al puñal, cierra la muralla. Esprimero de mayo de 2023, tiempo de esperanzas.
Abono: Desde otra biblioteca escolar, ubicada en las laderas del occidente de Medellín, con la complicidad de la profesora Nadia y de estudiantes que estiran los aprendizajes más allá de la jornada escolar, habíamos dibujado y pintado letras, armamos palabras con esmero. Ahora, desde la biblioteca de las Trojes se pueden leer las dos sentencias que elegimos:
- Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
- Para viajar lejos nada mejor que un libro.
