Tras la derrota del fascismo en Europa a mediados de los años 40 del siglo pasado, un filósofo alemán aseguró que no era posible escribir más poesía ni hacer filosofía después de Auschwitz. La barbarie desplegada por el fascismo y después por las grandes potencias en la Segunda Guerra Mundial había sido tan enorme que incluso dedicarse a las labores propias del espíritu, como si nada hubiera pasado, parecía complicidad con dicha barbarie. Algo de exageración, sin embargo, había en tal afirmación: olvidaba que, a pesar de lo singular que pudieran haber sido los campos de concentración nazis, el horror provocado no era del todo nuevo y lo habían practicado durante siglos los europeos en tierras de América, donde exterminaron a millones de nativos, esclavizaron a millones de negros para garantizar el despegue del capitalismo industrial en el viejo continente. Desde entonces, la ha sido la fuerza que sostiene al capitalismo, por más que éste se presente a sí mismo como una fuerza civilizatoria. Continúa leyendo Editorial No. 48: Contra la barbarie estatal